martes, 4 de enero de 2011

El mundo teofóbico

Veo un mundo complejo. La superficie de la tierra un tanto distinta. No existe el desarrollo urbano de lo que hoy reconocemos al ver los rascacielos, la hora pico, los elevadores acatervados que excretan masas trajeadas. Ornitólogos que miran al cielo sólo para encontrar Boeings 747s y F-16s y la Luftwaffe. ''¿Dónde ha quedado la paloma blanca que nos susurra al oído acerca de nuestra salvación?'' se preguntarán éstos.

El mundo ha cambiado pero poco. Claro, los cielos eran distintos con sus noches estrelladas impresionantes disfrutadas e interpretadas por mis ancestros que no sufrían de la contaminación luminosa de un siglo XXI totalmente incomprensible para sus imaginaciones. Al plantar uno los pies firmemente al suelo para mantener  el equilibrio al voltear la cabeza hacia el cielo y asombrarse del cosmos nunca imaginaría que de donde se situaba su pie derecho brotarían postes de luz como obeliscos uno tras otro y que de éstos brotasen de sus cimas cables como tentáculos negros que iban de uno a otro iluminando en su camino las futuras ciudades.

¿Cómo habría sido el mundo sin electricidad? El no poder calmar las angustias de las esquizofrenias durante noches largas, de las alucinaciones, de los demonios que rondan en la oscuridad. No poder ahogar a estos intrusos con baños de fotones de una linterna o de un foco de 100 watts; porque el fuego de las antorchas, si es que uno tenía, aparte de poco rango no era suficiente para sofocar a los demonios ya que éstos juegan con la luz del fuego y bailan entre las sombras, regocijados, creando nuevos acólitos del inframundo. El mundo quedaba cubierto con la manta negra de la noche, a su merced, y sólo llegaba el nuevo día en brazos de Helios.

El mundo no era un planeta esférico por lo menos no lo era para los habitantes de entonces. Eran islitas aisladas unas de otras separadas por mares de donde provenían alienígenas, animales exóticos y lenguas desconocidas que marcaban el fin de la tierra (el borde). Tiempo de aventureros que valientemente desaparecían con el horizonte para nunca regresar o regresaban con cuentos de sus hazañas y tormentos y monstruos derrotados.

Era un mundo hermoso, más limpio pero ingenuo y atormentado por Dios y su temeroso infierno. ¿O será que los emperadores atormentaban a través de lo que hacían creer era la palabra de Dios? Sin importar, si uno se pusiera en contra de cierta idiosincrasia no habría que esperar que Dios en su infinita sabiduría creara un juicio sencillamente uno era entregado al verdugo y quizá morir por decapitación, crucifixión, quemado, ahorcado o escoger simplemente entre la gran variedad de elementos de ejecución y tortura que había creado el imperio romano.

Entre todas estas tinieblas se mantuvo un faro resplandeciente de salvación que era la iglesia y sus monasterios que se mantuvieron por milenia y entre sus más notables aportaciones el canto monódico que será desarrollado en innumerables formas con el paso de las décadas y siglos y vendrá a conocerse como el canto gregoriano.


- Kevin Pineda Gould

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